GRADO SÉPTIMO
ACTIVIDADES DEL 10 AL 20 DE AGOSTO
LENGUA CASTELLANA
TEMA: CATEGORÍAS GRAMATICALES
PROPÓSITO: IDENTIFICAR SUSTANTIVOS Y ADJETIVOS EN UN TEXTO LITERARIO
1. Realizar la lectura comprensiva de la historia: Martes a la quinta hora o la clase de gimnasia del texto El terror de Sexto B
Martes a la quinta hora o la clase de gimnasia

Juliana era gorda, pesada y lenta. Tenía
trece años, uno cincuenta de estatura y cincuenta y tantos kilos encima, muchos
más de los que su uniforme de gimnasia podía contener.
Por eso los martes al mediodía, deseaba
con todas sus fuerzas no haber nacido. O volverse invisible. O vivir lejos, muy
lejos del Nuevo Liceo, para no pasar por la tortura de ponerse el uniforme en
público, delante de las miradas de sus quince compañeras, mucho más esbeltas
que ella.
Eso por no hablar de las otras quince
miradas, las de sus compañeros hombres, que siempre se las arreglaban, a esa
hora, para espiar por las ventanillas del baño de mujeres.
—Tal vez —pensaba Juliana para
consolarse— tal vez a mí ni me miran... Seguro están con los ojos fijos en las
bonitas del salón. Por ejemplo, en la creída de la Paula, que siempre se cambia
junto a la ventana, preciso en el sitio más visible y luego se hace la ofendida
cuando descubre que la están mirando. Claro... ¡la muy hipócrita!
La tortura de Juliana llevaba varios
años y prometía durar muchos más. Había usado ya todas las artimañas, todas las
disculpas caseras y todas las excusas médicas para salvarse de la gimnasia.
Sufrió intensos dolores de estómago, justo los martes al mediodía. Usó cuello
ortopédico sólo los martes a la quinta hora. Le dio fiebre de 38 grados dos
martes seguidos y hasta llegó al extremo de romperse un brazo. Ese sí fue su
mejor antídoto, porque logró pasar dos meses y medio enyesada. Es decir, diez
horas de gimnasia mirando la clase desde las graderías, sin mover un dedo.
Pero tantos años llenos de martes al
mediodía, habían terminado por agotar todas las posibilidades de escape. Así
que los martes, a la una en punto de la tarde, la clase más cruel de la historia
volvía a comenzar.
El profesor llegaba horriblemente
puntual, con su ridículo uniforme y su silbato de domador de circo, listo para
iniciar la función semanal.
—Piiiiiiii
—decía su silbato. Lo que traducido a lenguaje humano significaba: "Hagan
inmediatamente una fila por orden de estatura".
—Piiiiiiii
—repetía el silbato del domador. Lo que en idioma español quería decir:
"Eso no es una fila, señoritas. Tomen distancia lateral".
Después
de diez o quince órdenes silbadas, la fila quedaba, por fin,
"decente", según las propias palabras del profesor. Entonces seguían,
sin variar un milímetro, los terribles ejercicios de calentamiento.
—Y
uno y dos, respiren profundo.
—Y
uno y dos, flexionen el tronco.
—Y
uno y dos, los brazos a la derecha.
—Dije
a la derecha, señorita Juliana. Me va a tocar devolverla a kinder, a ver si
aprende lateralidad.
Risitas
ahogadas de todo el curso. El brillante entrenador usaba sus chistes de circo para
hacer reír al público.
—Así
es muy fácil ser payaso, a costa del malo de la clase —pensaba Juliana, toda
colorada.
Y
como en esas pesadillas en las que uno sabe todo lo que sigue pero no puede
despertarse, la tortura se repetía paso a paso, siempre idéntica para ella.
—Piiiii
—volvía a trinar el silbato—. Dos vueltas a la cancha, trotando. Muévanse,
jovencitas, que esto no es un desfile de modas en el Club Social. Y usted,
señorita, no se quede atrás. Ándele, a ver si quema esos kilitos de más...
Y
Juliana trotaba. Y trataba con todas sus fuerzas de no quedarse atrás, pero
llegaba de última. Lenta, pesada e infeliz, era siempre la última de la fila.
Hasta
que ese día, un martes trece de abril, Juliana amaneció distinta. Estaba de
malas pulgas. Y sin saber cómo ni de dónde, sacó fuerzas y tomó la decisión más
importante de su vida. Por eso no pareció inmutarse con el silbato del profesor
en sus oídos y se quedó parada en su sitio durante las treinta veces en que el
entrenador trató inútilmente de organizar su dichosa fila con ella ahí
atravesada. También sus compañeras intentaron, por todos los medios, hacerla
mover, hasta que se dieron por vencidas. Y les tocó trazar una línea recta con
Juliana Rueda como único punto de referencia.
El
entrenador, desconcertado, hacía sonar su silbato con más fuerza que nunca.
Pero era inútil. Juliana no lo escuchaba. Parecía sorda. Entonces, desesperado,
empezó a hacer gestos y a mover las manos enfrente de ella, igualito a un
policía de tránsito. Pero era inútil. Juliana no lo veía. Parecía ciega.
El
profesor llegó a preocuparse. Se puso pálido y se acercó a Juliana a ver si
respiraba. Después le tomó el pulso, para descartar cualquier problema médico.
Y cuando vio que todo era normal, se sintió con el derecho de estar más bravo
que nunca. Entonces empezaron a salir por su boca todas las burlas y los
regaños que les había ido soltando a sus alumnos durante veinte años de
experiencia. También eso resultó inútil. Juliana no se puso colorada. Estaba
inmóvil e inexpresiva. Parecía de piedra.
Ahora
era el profesor el que estaba colorado como un tomate. Colorado y furibundo.
Empezó con las amenazas. Primero le anunció un cero en disciplina. Luego lo
pensó mejor y
decidió
expulsarla del colegio, si no recapacitaba inmediatamente. Era su autoridad la
que estaba en juego y no estaba dispuesto a tolerar que una mocosa lo pusiera
así, en ridículo, delante de toda la clase. Ya iba a saber esa niñita de lo que
él era capaz.
Y
sí. En los minutos que quedaban de clase, el profesor Pacho Donaire fue capaz
de casi todo: gritó, regañó, se lamentó, dijo que necesitaba e1 trabajo, echó
discursos, hizo pataletas, etcétera, etcétera, etcétera. Sólo le faltó llorar.
Por
fin sonó la campana y rompió el encantamiento. Juliana dejó de ser estatua, dio
media vuelta y empezó a caminar por el corredor, con rumbo hacia quién sabe
dónde. Todas sus componer as la siguieron en fila, silenciosas y solidarias,
como en una procesión. Nadie le dijo una sola palabra pero ella tuvo la
sensación de no estar sola. Y también, de repente, se sintió extrañamente
liviana.
Ese martes trece de abril, a la quinta hora, se había quitado un peso de encima.
Realizar la actividad propuesta:
1. Identificar en el texto 10 sustantivos y 10 adjetivos
Ejemplo: sustantivos: Juliana;
adjetivos: gorda, pesada, lenta.
2. Elaborar una sopa de letras con las palabras anteriores
ASIGNATURA LECTOESCRITURA
TEMA: LECTURA COMPRENSIVA
PROPÓSITO: Comprender e interpretar diversos tipos de textos orales y escritos, con base en las propias competencias
A partir de la lectura del texto:
Martes a la quinta hora o la clase de gimnasia
1.Describa el conflicto que tiene
Juliana, en “Martes a la quinta hora o la clase de gimnasia”
2. ¿Qué hace para evitar concurrir a la
clase?
3. ¿Cómo enfrenta finalmente el
conflicto?
4 ¿Qué actitud toma el profesor?
5. Escriba su opinión sobre la historia,
con ideas, en mínimo 10 renglones
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